Gastón Solnicki no sabe exactamente con qué se quedó el público después de ver "The Souffleur". Pero hubo algo que sí pudo anticipar: que muchos saldrían confundidos. La película no busca ordenar todas sus piezas ni ofrecer respuestas claras. Fue construida sin un guion cerrado, a partir de un hotel antiguo, sus trabajadores, materiales de archivo y un proceso que terminó de tomar forma en el montaje.
Antes de la proyección, el director conversó con LA GACETA sobre el origen del film, su forma de trabajar, el encuentro con Willem Dafoe y el lugar que todavía tienen las películas que se animan a incomodar al espectador.
Un hotel como punto de partida
Solnicki explicó que The Souffleur es la tercera película de una “trilogía vienesa improbable” que fue tomando forma de manera natural. En sus trabajos, el guion no funciona como una estructura cerrada desde el comienzo: la historia termina de escribirse durante el montaje.
“El hotel termina siendo una excusa, un pretexto para hacer la película, para encontrar los recursos, los personajes y la estructura”, explicó. Con el tiempo, ese espacio abrió un universo marcado por sus trabajadores, el archivo y la fragilidad de un mundo que está a punto de desaparecer.
La película también se construyó alrededor de Dafoe. Según contó Solnicki, el actor rechazó una versión más desarrollada en papel porque quería trabajar con la espontaneidad que caracteriza a sus películas.
“El personaje de Willem tiene mucho de él”, señaló. Su voz en off y varios textos personales terminaron de tomar forma durante el montaje. Para el director, Dafoe tiene la capacidad de convertir notas y experiencias propias en algo “antiguo y universal”.
Solnicki también aparece frente a cámara como el empresario que busca comprar el hotel. La decisión surgió por impulso del propio Dafoe, aunque no facilitó un rodaje que se hizo en poco tiempo y con varias dificultades. “Viendo retrospectivamente, no facilitó para nada la realización de la película”, admitió.
El título juega con la fragilidad del soufflé, pero también con la figura del apuntador teatral. “Me interesaba la fragilidad de este plato, como la fragilidad del cine, del mundo, de un edificio que amenaza con caer”, explicó.
Mantener vivo el fuego del cine
Para director, las películas personales y “hechas a mano” tienen hoy un valor especial. “Sin duda es un acto de resistencia, un acto de fe”, sostuvo. Frente a un consumo cada vez más rápido, le interesa un cine que desafíe al espectador y lo obligue a preguntarse qué está viendo.
También habló sobre la situación del cine argentino. Sus películas nunca recibieron apoyo del INCAA, aunque aseguró que sí intentó acceder a ese financiamiento. Según explicó, por su propia naturaleza, sus proyectos no lograron encajar en las formas de apoyo del Instituto. Aun así, lamentó el debilitamiento del organismo, de los festivales y de otras estructuras que sostenían la actividad.
“Es una situación triste”, dijo, sobre todo por los jóvenes que intentan comenzar a filmar. Durante su paso por la provincia, participó de un conversatorio en la Escuela Universitaria de Cine, Video y Televisión de la UNT, donde se encontró con estudiantes, docentes y realizadores del NOA. Esa experiencia, contó, volvió a mostrarle la importancia de que existan espacios por fuera de Buenos Aires. “Es muy importante, más que nunca, que estos festivales existan y se mantenga vivo el fuego del cine”, afirmó.